sábado, 18 de octubre de 2008

El caballero

El caballero avanza con paso firme. Lleva sus mejores vestidos y la espada luce colgada del cinturón de cuero finamente trabajado. El caballo le espera, altivo y noble. Noble igual que él y toda su alcurnia. Al llegar a su lado acaricia la larga crin. El corcel responde con un movimiento de cabeza. Reconoce el su señor. Sabe que a él debe dejarlo montar. Y así lo hace.

El caballero observa su entorno. Desde allí arriba todo se ve diferente. Es como si el mundo estuviera a sus pies. Un leve movimiento de sus talones hace que el animal empiece a andar. Todo está hecho, nada puede parar su destino. Sabe hacia dónde se encamina. Sabe que encontrará al final. Sabe a quién encontrará al final.

Le observan. Lo reverencian a su paso. Hay sonrisas en los labios. Unas sonrisas que son reflejo de pensamientos. De pensamientos... Piensan en la doncella, la doncella del final del camino mientras su señor se aleja lentamente de ellos. La doncella...

Al llegar el caballero baja, sereno y tranquilo, de su montura. Acaricia a la bestia de nuevo. Es un gesto de agradecimiento por haberlo llevado más allá, más allá de cualquier determinación preestablecida.

Un ruido a su espalda desvela la presencia de alguien. Se gira poco a poco y una sonrisa se dibuja en sus labios. Está allí, frente a él, a pocos pasos de distancia. Avanza. Avanzan el uno hacia el otro. Se detiene. Se detienen el uno frente al otro. La mano se eleva como por arte de magia para acariciar el bello rostro. Ha llegado el momento: el caballero abraza el joven lacayo de ojos color de mar.
Las sonrisas, seguro, se borrarán de todos los rostros.

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