El calor caía como una losa pesada sobre las piedras centenarias. Contempló con curiosidad la majestuosidad de aquel templo concebido para alabar a un dios que imponía castigos divinos a aquellos que osaban transgredir los diez mandatos de su ley sagrada. ¿Cuántos hombres habrían muerto en aquel intento logrado de levantar el edificio más grande y alto, más imponente, con más nobleza e importancia de la ciudad?
Traspasó el arco de la entrada bajo la inamovible mirada de doce apóstoles de piedra y al cerrarse la gran puerta de madera maciza tras de sí, se encontró en otro mundo. La penumbra dominaba la amplia nave. Las pequeñas llamas de las velas votivas bailaban por todos los rincones produciendo sombras que recorrían columnas y capiteles. El olor a cera quemada e incienso perfumaba el espacio. La humedad producida por las gruesas paredes penetraba el cuerpo en forma de frescor agradable. El ruido de sus pasos resonaba acompasadamente y al detenerse, el silencio lo delató como único visitante.
Se sentó en un banco. Contempló a su alrededor unos instantes y cerró los ojos. Una sensación especial recorrió su cuerpo y, de rebote, su alma. Restó largo rato así, inmóvil y silencioso, con esa sensación especial, sintiendo algo para él inexplicable. ¿Quizás una presencia? ¿Dios? O ¿quizás él mismo?
El calor seguía dominando el exterior. Al salir se sentió huérfano del silencio, de los olores, de la frescura, ¿de Dios? No, no se podía sentir huérfano del dios de aquel templo, porque era un dios que imponía castigos divinos, ¿recuerdas? O ¿quizás aquel dios había dejado paso a otro? ¿Quizás el dios que habitaba ahora era el de la paz interior que había experimentado? ¿Quizás él mismo?
Sus pasos, que ya no resonaban acompasadamente, le alejaban ahora de aquel lugar con la firme convicción de que regresaría. Seguro que volvería. Aquel lugar era la catedral del cielo y el cielo de la tierra. Regresaría.
27 de mayo de 2006
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