Llevaba una pulsera de colores que resaltaba sobre la piel dorada por el sol. Collar a conjunto. Andaba como lo hacen los bailarines sobre el escenario: como si sus pies ni siquiera tocaran el suelo. El bañador realzaba las líneas de un cuerpo que rozaba la perfección al cruzarse con otros que pasaban totalmente desapercibidos a las miradas furtivas. El agua del mar se deslizaba por la piel haciéndote sentir envidioso de cada una de las gotas privilegiadas. Al pasar por tu lado le regalaste una sonrisa y, milagrosamente, sus labios también dibujaron una, mientras uno de los sus ojos, verde intenso, se cerraba en un guiño confidente de la admiración recibida. Y mientras la protección solar pasaba a ser ungüento también privilegiado sobre aquel cuerpo, tú cerrabas los ojos para retener en la memoria nada más que aquella sonrisa generosa y agradecida.
26 de julio de 2007.
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