Tras revolver la ciudad, las montañas que la rodeaban y las playas que la bañaban sin éxito, decidió ir más allá. Visitó otras ciudades, pueblos, reinos. Recorrió bosques. Subió a la cumbre de todas y cada una de las montañas que se encontró. Interrogó a todo el mundo que se cruzaba en su camino. Gritó con todas sus fuerzas a los cuatro vientos la insistente pregunta: ¿dónde estás? Y por única respuesta, también insistente, su propia voz resonando por todos los rincones...
¿Dónde estás?
¿Dónde estás?
¿Dónde estás?
¿Dónde estás?
¿Dónde estás?
Agotado, detuvo su búsqueda y reflexionó. Evaluó la situación y sopesó la posibilidad de desistir. Pero esto no iba con él. Entonces se dijo: quizás está al otro lado del océano.
Se embarcó en un pequeño barco, izó las velas y tomó de nuevo rumbo a la aventura. La aventura de encontrar a alguien capaz de llenar el espacio que hasta ahora ocupaba la soledad.
24 de noviembre de 2006
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