He encontrado este escrito que elaboré tras la Pascua del 2004, celebrada en el Monasterio de Les Avellanes. Es el relato de una experiencia vivida que me marcó muy profundamente. Seguro que habrá quien pensará que es una tontería. Respeto su opinión y sólo deseo que ellos respeten mi pensamiento y mis creencias.
Soy actor. Cuando estás sobre el escenario representando un papel, eres tú quien controla la situación. Es el actor quien mueve los hilos del personaje. No puedes permitir que los sentimientos del individuo que representas pasen por encima de los tuyos. Es una cuestión de supervivencia: terminarías loco si cada vez que actúas te desprendieras de ti mismo y la personalidad del personaje te controlara a ti.
Monasterio de Las Avellanas. Pascua de 2004. Viernes Santo. Lectura de la Pasión de Jesús de Natzaret. Yo, el actor, represento a Jesús. Soy yo quien controla al personaje: sus movimientos, sus gestos, sus miradas, las palabras, la intención con que son dichas esas palabras... Con plena conciencia llevo a mi personaje por donde deseo. Lo modelo a mi gusto, al gusto del espectador.
“Aquí tenéis al hombre...” Las palabras de Poncio Pilato son la clave para avanzar hasta el centro de la nave. Una voz sigue narrando, mientras otras de entre el público empiezan a murmurar una palabra que poco a poco se convierte en un clamor: “¡crucifícalo!” Forma parte del guión... Un vacío inesperado se apodera de mi. Miro a mi alrededor y no veo nada. Solo siento voces. “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Se clavan en lo más profundo de mi ser... Yo, Jesús de Natzaret, me siento vulnerable, traicionado, ultrajado, abandonado... Y yo, el actor, vacío y frío... terriblemente solo!
La representación continua, pero ahora todo es pura inercia. No soy yo quien tiene el control. Es una fuerza inexplicable... Me siento instrumento para comunicar un mensaje. Me dejo llevar por... ¿Él?
Todo ha terminado. La cruz está en el centro de la nave y Jesús de Natzaret está allí, inerte. Y yo, el actor, quedo en un rincón absorto en mis pensamientos, intentando asimilar la experiencia vivida, intentando encontrar respuesta a todas las preguntas que asaltan ahora mi mente.
Es difícil encontrar respuestas. Es difícil encontrar una explicación. O quizás la respuesta es sencilla y única: he sido OKUPADO POR EL CRISTO.
Monasterio de Las Avellanas. Pascua de 2004. Viernes Santo. Lectura de la Pasión de Jesús de Natzaret. Yo, el actor, represento a Jesús. Soy yo quien controla al personaje: sus movimientos, sus gestos, sus miradas, las palabras, la intención con que son dichas esas palabras... Con plena conciencia llevo a mi personaje por donde deseo. Lo modelo a mi gusto, al gusto del espectador.
“Aquí tenéis al hombre...” Las palabras de Poncio Pilato son la clave para avanzar hasta el centro de la nave. Una voz sigue narrando, mientras otras de entre el público empiezan a murmurar una palabra que poco a poco se convierte en un clamor: “¡crucifícalo!” Forma parte del guión... Un vacío inesperado se apodera de mi. Miro a mi alrededor y no veo nada. Solo siento voces. “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Se clavan en lo más profundo de mi ser... Yo, Jesús de Natzaret, me siento vulnerable, traicionado, ultrajado, abandonado... Y yo, el actor, vacío y frío... terriblemente solo!
La representación continua, pero ahora todo es pura inercia. No soy yo quien tiene el control. Es una fuerza inexplicable... Me siento instrumento para comunicar un mensaje. Me dejo llevar por... ¿Él?
Todo ha terminado. La cruz está en el centro de la nave y Jesús de Natzaret está allí, inerte. Y yo, el actor, quedo en un rincón absorto en mis pensamientos, intentando asimilar la experiencia vivida, intentando encontrar respuesta a todas las preguntas que asaltan ahora mi mente.
Es difícil encontrar respuestas. Es difícil encontrar una explicación. O quizás la respuesta es sencilla y única: he sido OKUPADO POR EL CRISTO.
(Nota: el lema de la Pascua 2004 fue "Okupados por el Cristo")
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