La claridad invade poco a poco la habitación. El cuerpo, estirado sobre la cama, prisionero todavía de la noche, se agita ante la nueva realidad. Los músculos se estiran, los sentidos reaccionan, los mecanismos se ponen en marcha. La pereza ataca pero la inercia del deber, aprendido con el paso del tiempo, gana la batalla y el movimiento es un hecho.
El agua cae constante encima de cada músculo, la mente toma conciencia plena y los ojos ven de nuevo el mundo con claridad. Todo está a punto para empezar el día: obligaciones y responsabilidades llenan la agenda. Y tú, responsable y obligado, emprendes el camino de la nueva jornada.
¿Es esta tu verdadera existencia? ¡No! Detrás de la fachada de hombre maduro y equilibrado se esconde un espíritu que nunca te ha abandonado: dentro tuyo habita todavía aquel chico vivo, despierto y alocado que fuiste hace tantos años. Y cuando menos lo esperas, la adolescencia ataca sin piedad y te hace cometer las locuras que hacen que la vida sea la verdadera vida.
24 de agosto de 2006
24 de agosto de 2006
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